jueves, 13 de septiembre de 2012

Mercado Municipal de Hermosillo


      El Mercado Municipal de la Ciudad de Hermosillo "José María Pino Suárez" el más antiguo y su edificio evoca el pasado reciente de la ciudad, tiene puertas en las esquinas y cuatro laterales en donde se arma el movimiento de personas que van a comer las delicias tradicionales que se ofrecen una gallina pinta, tacos de lengua, carne con chile, café recién colado, tortillas de harina, queso, frutas, verduras y entre lo mejor esa calidez de encontrarse con gente que al estar degustando se encuentra codo a codo y puede que se de la charla y hasta salgan conocidos o familiares. La descripción de este lugar me lleva a observarlo pero no como siempre sino con una mirada un poco más especial; pues es uno de los lugares que más frecuento porque está a la pasada de donde vivo y mis asuntos de negocios que me llevan muy seguido a este punto, lo que puedo observar si soy un poco más aplicada en su movimiento  encuentro convivencia de personas que se reúnen ahí por diversos motivos algunos solo por su costumbre de ser un lugar de encuentro de ya muy lejanas citas, negocios, compras o simplemente aprisionar el tiempo en una bocanada de humo de cigarro y un sorbo de café.

      Siempre he visto sin duda alguna personas de la tercera edad podíamos inferir ya jubilados ataviados en su mayoría con el sombrero, pantalones de mezclilla, lentes, cinto de cuero y camisa vaquera. En cuanto a su apariencia física pues como ya dijimos adultos mayores, de estatura más bien alta, de complexión delgada o mediana; pues su estancia es más apacible en su mirada denota la tranquilidad de observar el ir y venir del tránsito vehicular, de transeúntes, vendedores, siendo ellos el público o testigos fieles de lo que acontece y están ahí con la promesa tal vez que este día se pueda conversar  y conocer a alguien más, los consejos salen al por mayor, también los chistes y las risas que brotan de repente, eso es la charla en ese centro una de las característica que hace más apreciable y fraternal lugar.

También son público  de lo que se arma a un paso de la entrada del  Mercado como podemos apreciar “los hermanos” como le llama la gente se las agencia para disponer del espacio suficiente para armar su escenario disponiendo de un aparato de sonido y amplificador, bocinas, micrófonos y algunas biblias en mano  entre cantos y alabanzas, haciendo una catarsis tratando de seducir al que pasa y ofrecer la salvación de sus almas a cambio de participar con ellos pues es su misión, escuchar sus testimoniales de una vida sin freno, andanzas, faenas pero al fin y al cabo redimida en la palabra del señor.

        Este  verano llena de vendedores la mayoría mujeres exhibían el fruto del desierto o sea “las pitahayas" aunque diversificaron este año añadiendo higos, entre otras cosas.  

           Además del público el general  de hombres o mujeres que esperan aciagamente a la pareja citada, ya se levantan se vuelven al lugar que son los maceteros, se asoman hasta la esquina y por fin se avisora el ser tan esperado y su gesto un segundo antes con ansiedad se vuelve feliz pues la pareja se aproxima se abrazan y se retiran del lugar. Las parejas son desde adolescentes estudiantes hasta de edad madura.

     Algunas personas muy bien arregladitos con solicitud en mano para recorrer el centro en búsqueda de trabajo llenan solicitud, algún que otro señor con bolsas de mandado y al cuidado de pequeños esperando a la mujer que entro a comprar a las tiendas aledañas.

     Al entrar luego te encuentras con un sinnúmero de voces que van desde graves hasta agudas frases de “pásele”  y te rezan el menú en un segundo, solo que a mí no me hace mella pues yo ya tengo  mi lugar preferido y probablemente me toque hasta algún cantador que nos muestre su repertorio y nos acompañe en la comida.

     Hay un lugar dentro del mercado que se me figura como el ombligo del mercado  es una pequeña fuente o toma de agua, tal vez ya la hayan visto; que me hace un momento trasladarme a ese pasado que se cuela por los pasillos y murmura entre cientos de voces de las personas que están conviviendo como haciendo una sola voz: que felicidad y regocijo comer tan  acompañado, pero el ejército de personas que trabajan para dar servicio también tienen sus historias y de repente se arma alguna la otra vez escuché “¿oye y tu hijo todavía está estudiando para chef? (un cliente y el dueño), ¡no! Mi hijo ya anda en Nuevo León trabajando como chef…. Y en voz baja las empleadas ¡huy!  hasta que trabajo el muy gue….  nomás de puro junior se la llevaba y soltaban la carcajada.

     Pues este es un pequeño momento arrancado de lo miles de momentos que se pasa en este neurálgico lugar hermosillense, que esperamos que continúe porque la verdad estar ahí es convertirse de nuevo en esa persona tradicional y la fraternidad que se respira, los aromas que se mezclan de comidas, verduras, especias y de hierbas medicinales; que te curan un momento de esa soledad y apuros del centro de la Ciudad.

   FRANCISCA ELISA PAREDES ESCALANTE 

   

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